Sufri de la peor de las muertes, el olvido. Ya había dejado de ser ese que había muerto de algo, para pasar a ser ese que jamás murió, porque nunca existió. Ni siquiera se podía decir de mi que había fallecido de olvido, ya que no tenia sentido alguno morir de olvido, no tenia fundamento. Todo lo que hice en mi olvidada vida valía nada, no era mío, de nadie, como esos antiguos instrumentos musicales detrás de aquella vidriera, a la vista de todos, pero de nadie al fin. Era ésta la verdadera muerte de la que nunca se habla? Acá van a parar todos los muertos de miles de generaciones que olvidamos recordar? Se que es el fin de todo, que no hay más a partir de este lugar, pero soy yo realmente el que está muerto y olvidado? Por qué estoy muerto si aún yo tengo conciencia de mi existencia? Acaso no cuenta mi memoria? No tienen valor alguno mis recuerdos en mi muerte? Al parecer esto va más allá de mi limitado conocimiento de vida y muerte, pero por qué sigo sintiéndome vivo? Será ésta la negación al dolor de la inexistencia? Quien es olvidado no vive ni muere, porque no se tiene en cuenta su presencia en ningún lado, sólo es otro pensamiento, otro sueño, de esos que se hacen algunos, como “Cuántas personas habrán fallecido antes que nosotros viéramos la luz del día?” ó “Alguien recordará los nombres de todos los que han muerto en la historia de la humanidad?” ó “Alguien recordará a aquellos que no tuvieron nombre, o a los que no tuvieron lápida?” No lo sabía.
Sabía que estaba muerto, pero ese lento sollozo sonando entre lágrimas y pétalos hacía fácil olvidar mi miedo.
sábado, 28 de febrero de 2009
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